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¿Existe el purgatorio? La respuesta de la Biblia y de la Iglesia

¿Es el purgatorio una invención medieval? La Biblia, la práctica de orar por los difuntos y el testimonio de los primeros cristianos muestran que la purificación después de la muerte pertenece a la antigua fe de la Iglesia.

Por Luis Mayta
el-purgatorio

¿Qué es realmente el purgatorio?

Una de las acusaciones más frecuentes contra la Iglesia Católica afirma que el purgatorio sería una invención medieval sin fundamento bíblico. Pero antes de preguntarnos dónde aparece la palabra purgatorio en la Biblia, debemos preguntarnos qué enseña realmente la Iglesia cuando utiliza ese término.

El Catecismo lo explica con precisión: quienes mueren en la gracia y amistad de Dios, pero todavía necesitan ser plenamente purificados, pasan después de la muerte por una purificación antes de entrar en la gloria del cielo (CIC 1030).

Esto significa algo fundamental:

El purgatorio no es una segunda oportunidad para salvarse.

Quien está en el purgatorio ya pertenece a Cristo y está destinado al cielo.

Tampoco es un “infierno temporal”. El Catecismo distingue expresamente esta purificación del castigo de los condenados (CIC 1031).

Podríamos resumirlo así:

  • Cielo: comunión definitiva con Dios.
  • Infierno: separación definitiva de Dios.
  • Purgatorio: purificación final de quien muere reconciliado con Dios y destinado al cielo.

Por eso, más que hablar del purgatorio como un “segundo lugar” entre cielo e infierno, conviene comprenderlo ante todo como una purificación final para entrar plenamente en la presencia de Dios.

¿Por qué sería necesaria una purificación?

La Escritura enseña que nada impuro puede entrar en la presencia definitiva de Dios.

Hebreos afirma:

"Buscad la paz con todos y la santificación, sin la cual nadie verá al Señor" (Heb 12,14).

La salvación es enteramente gracia de Dios. No compramos el cielo ni completamos una obra que Cristo hubiera dejado incompleta.

Pero la gracia de Cristo no solamente nos perdona: también nos transforma y santifica.

Aquí aparece una distinción importante en la enseñanza católica: una persona puede haber recibido el perdón de Dios y, sin embargo, conservar consecuencias, desórdenes o apegos producidos por el pecado.

Un ejemplo sencillo aparece en la misma Escritura. David se arrepiente de su pecado y escucha que Dios lo ha perdonado, pero eso no significa que desaparezcan automáticamente todas las consecuencias temporales de sus actos (cf. 2 Sam 12,13-14).

El purgatorio debe entenderse dentro de esta lógica: Dios termina en nosotros la obra de santificación que necesitamos para contemplarlo cara a cara.

No es falta de misericordia.

Es precisamente misericordia.

Una pregunta decisiva: ¿por qué rezar por los muertos?

Uno de los textos bíblicos más importantes aparece en 2 Macabeos 12.

Después de una batalla, Judas Macabeo descubre que algunos soldados muertos habían cometido pecado. Entonces recoge una ofrenda para que se realice un sacrificio por ellos.

La Escritura explica:

"Si no hubiera esperado la resurrección de los caídos, habría sido inútil y ridículo rezar por los muertos" (2 Mac 12,44).

Y concluye:

"Por eso, encargó un sacrificio de expiación por los muertos, para que fueran liberados del pecado" (2 Mac 12,46).

La lógica es poderosa.

Si los muertos estuvieran necesariamente en una de solo dos situaciones en las cuales nuestras oraciones ya no pudieran beneficiarlos —la gloria definitiva o la condenación definitiva—, ¿qué sentido tendría ofrecer sacrificios y oraciones por ellos?

Sin embargo, la Escritura considera esa práctica piadosa y santa.

Este texto no desarrolla todavía toda la formulación teológica posterior del purgatorio, pero demuestra claramente una convicción bíblica: la oración de los vivos puede beneficiar a algunos difuntos.

"Pero los protestantes no aceptan 2 Macabeos"

Esta objeción merece una respuesta aparte.

Los católicos recibimos 2 Macabeos como libro inspirado y canónico. Forma parte del Antiguo Testamento de la Biblia católica y pertenece a los libros llamados deuterocanónicos.

Por eso, para un católico, 2 Macabeos constituye auténtica Sagrada Escritura.

Sin embargo, incluso dejando momentáneamente este libro a un lado para dialogar con un cristiano que no lo considere canónico, la doctrina católica no depende exclusivamente de un solo versículo.

El Nuevo Testamento contiene otros elementos que apuntan hacia una purificación después de la muerte.

"Se salvará, pero como quien pasa por el fuego"

San Pablo escribe:

"La obra de cada cual quedará patente, la mostrará el día, porque se revelará con fuego" (1 Co 3,13).

Después añade:

"Si la obra de uno se quema, sufrirá el castigo; mas él se salvará, aunque como quien escapa del fuego" (1 Co 3,15).

Observemos cuidadosamente la escena.

La persona experimenta pérdida.

Su obra es probada.

Hay fuego.

Pero Pablo aclara algo extraordinario:

"él se salvará".

Por tanto, no está describiendo simplemente la condenación eterna.

La Iglesia ha visto en este y otros textos una base bíblica para comprender que puede existir una purificación del salvado.

No significa que 1 Corintios 3 sea una descripción fotográfica del purgatorio ni que cada detalle del pasaje deba interpretarse exclusivamente de esa manera. La doctrina católica surge de la lectura conjunta de la Escritura dentro de la Tradición de la Iglesia.

Pero el principio está allí: puede existir una prueba purificadora relacionada con alguien que finalmente se salva.

¿Jesús habló de perdón después de la muerte?

Jesús pronuncia una frase llamativa al hablar del pecado contra el Espíritu Santo:

"No se le perdonará ni en este mundo ni en el venidero" (cf. Mt 12,32).

San Gregorio Magno observó que esta forma de expresarse permite comprender que existen faltas cuyo perdón o purificación puede relacionarse con la vida futura.

El Catecismo recoge precisamente esta interpretación cuando explica la doctrina del purgatorio (CIC 1031).

Este versículo tampoco pretende ofrecer por sí solo una exposición completa del purgatorio. Pero encaja dentro del conjunto de textos que llevaron a la Iglesia a formular esta doctrina.

¿Es una invención medieval?

No.

La formulación doctrinal se fue haciendo más precisa con los siglos, como ocurrió con términos tan importantes como Trinidad o unión hipostática. Pero la realidad que expresa puede rastrearse mucho antes de la Edad Media.

Ya entre los primeros cristianos encontramos oración y ofrendas por los difuntos.

Tertuliano — comienzos del siglo III

Tertuliano menciona como una práctica cristiana conocida las ofrendas realizadas por los muertos en el aniversario de su fallecimiento (De Corona, 3).

Esto es importantísimo.

Estamos alrededor del año 200, muchos siglos antes de la Reforma protestante y mucho antes de las grandes formulaciones medievales sobre el purgatorio.

San Cirilo de Jerusalén — siglo IV

San Cirilo de Jerusalén explica durante sus catequesis mistagógicas que, en la celebración eucarística, los cristianos recuerdan a quienes han muerto.

Además afirma que consideran que esa súplica produce un gran beneficio para las almas por quienes se ofrece.

No estamos ante una costumbre aparecida en plena Edad Media.

Estamos en el cristianismo del siglo IV.

San Agustín — siglos IV-V

San Agustín afirma también que las almas de algunos difuntos pueden ser ayudadas por las oraciones de los vivos, particularmente mediante el sacrificio eucarístico y las limosnas.

La Iglesia antigua, por tanto, conocía perfectamente la práctica de orar por quienes habían muerto.

Y aquí surge nuevamente la pregunta apologética:

Si después de morir nadie pudiera recibir beneficio alguno de nuestras oraciones, ¿por qué los antiguos cristianos oraban por los difuntos?

Entonces, ¿Cristo no pagó completamente por nuestros pecados?

Por supuesto que sí.

La doctrina del purgatorio no compite con la Cruz.

Sin Cristo no habría perdón, salvación, santificación, cielo… ni purgatorio.

Toda purificación del cristiano es fruto de la gracia obtenida por Jesucristo.

El error consiste en imaginar el purgatorio como si Dios dijera:

"Jesús hizo una parte; ahora tú debes pagar el resto".

Eso no es doctrina católica.

La Iglesia enseña exactamente lo contrario: la salvación viene de Cristo. Incluso nuestra transformación y purificación son obra de su gracia.

El purgatorio no corrige una insuficiencia de la Cruz.

Aplica plenamente en nosotros la victoria de la Cruz.

Una imagen para entenderlo

Imaginemos a una persona que entra en una habitación completamente iluminada después de haber vivido mucho tiempo en oscuridad.

La luz es algo bueno.

Pero precisamente porque la luz es intensa, hace visible todo aquello que antes permanecía oculto.

De manera semejante, encontrarse con la santidad infinita de Dios supone que todo aquello que todavía quede desordenado en nosotros debe desaparecer.

Benedicto XVI explicó esta realidad vinculando la purificación con el encuentro transformador con Cristo.

Por eso no deberíamos imaginar el purgatorio simplemente como una enorme prisión celestial con relojes y calendarios terrestres.

La Iglesia define con seguridad la realidad de la purificación, pero muchas representaciones populares sobre cómo ocurre no pertenecen al núcleo del dogma.

¿Las almas del purgatorio están salvadas?

Sí.

Esta es quizá la frase más importante de todo el tema:

Las almas del purgatorio están destinadas al cielo.

El Catecismo enseña que quienes pasan por esta purificación están seguros de su salvación eterna (CIC 1030).

Por eso el purgatorio es profundamente distinto del infierno.

En el infierno existe separación definitiva de Dios.

En el purgatorio existe una persona reconciliada con Dios que está siendo preparada para la plena comunión con Él.

Por eso también podemos llamar a esas almas santas almas del purgatorio: no porque ya hayan alcanzado la perfección de los bienaventurados, sino porque han muerto en amistad con Dios y su destino definitivo es la gloria.

¿Podemos ayudarlas?

Sí.

La Iglesia enseña que podemos ofrecer por los difuntos:

  • la Santa Misa;
  • nuestras oraciones;
  • limosnas;
  • indulgencias aplicadas por ellos;
  • obras de penitencia.

El fundamento de esta práctica está en la comunión de los santos.

La muerte no destruye el Cuerpo de Cristo.

Los cristianos que peregrinamos en la tierra, los santos que ya contemplan a Dios y quienes están siendo purificados siguen perteneciendo, de distintas maneras, a la única familia de Dios.

Por eso la Iglesia ora por sus hijos difuntos.

El purgatorio no debería producir miedo, sino esperanza

Hay algo profundamente hermoso en esta doctrina.

Dios no solamente quiere perdonarnos.

Quiere sanarnos completamente.

No quiere simplemente declarar limpio aquello que permanece para siempre esclavizado por el pecado.

Quiere hacernos realmente santos.

El purgatorio manifiesta la seriedad del pecado, pero también la inmensidad de la misericordia divina.

Dios no abandona su obra a medio terminar.

Como enseña san Pablo:

"El que comenzó en vosotros esta obra buena, la llevará a término" (Flp 1,6).

La pregunta final, entonces, no es solamente:

"¿Existe el purgatorio?"

Quizá deberíamos preguntarnos también:

"¿Estoy dejando que Dios me purifique desde ahora?"

Porque nuestra vocación no es simplemente evitar el infierno.

Nuestra vocación es mucho más grande:

"Buscad [...] la santificación, sin la cual nadie verá al Señor" (Heb 12,14).

Estamos llamados a ser santos y a contemplar a Dios cara a cara.

Y esa obra de santificación comienza hoy.

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Fuentes

  • CatecismoCatecismo de la Iglesia Católica (CIC) — CIC 1032

    «Esta enseñanza se apoya también en la práctica de la oración por los difuntos...»

    Relaciona la doctrina con 2 Macabeos y con los sufragios por los difuntos.

  • BibliaEvangelio según san Mateo (Mt) — Mt 12,32

    «No se le perdonará ni en este mundo ni en el venidero.»

    Texto citado por la Tradición al reflexionar sobre una posible purificación en la vida futura.

  • BibliaCarta a los Hebreos — Heb 12,14

    «Buscad la paz con todos y la santificación, sin la cual nadie verá al Señor.»

    Fundamenta la necesidad de santidad para contemplar a Dios.

  • BibliaSegundo libro de los Macabeos — 2 Mac 12,43-46

    «Encargó un sacrificio de expiación por los muertos, para que fueran liberados del pecado.»

    Evidencia bíblica de oración y sacrificio en favor de los difuntos.

  • BibliaPrimera carta a los Corintios — 1 Co 3,13-15

    «Sufrirá el castigo; mas él se salvará, aunque como quien escapa del fuego.»

    Presenta una prueba asociada a una persona que finalmente se salva.

  • bookTertuliano, De Corona — De Corona 3

    «Hacemos ofrendas por los muertos...»

    Testimonio temprano de la práctica cristiana de ofrecer sufragios por los difuntos.

  • bookSan Cirilo de Jerusalén, Catequesis mistagógicas — Catequesis mistagógica 5, 9-10

    «Creemos que será de gran beneficio para las almas...»

    Testimonio del siglo IV sobre la conmemoración eucarística de los difuntos.

  • bookSan Agustín, Enchiridion — Enchiridion 110

    «Las almas de los muertos son beneficiadas por la piedad de sus amigos vivos...»

    Confirma la tradición patrística sobre sufragios, Eucaristía y limosnas por los difuntos.

  • BibliaCarta a los Filipenses — Flp 1,6

    «El que comenzó en vosotros esta obra buena, la llevará a término.»

    Refuerza pastoralmente la comprensión de la santificación como obra de la gracia de Dios.

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